viernes, 21 de agosto de 2015

Auto de fe

Hoy se ha levantado un fresco que, de alguna manera, pone fin a este verano. Un verano sin pena ni gloria. Un verano vacío, un poco lúgubre, sin vacaciones y sin novedades. He leído a Canetti y a Agamben, eso sí. Yo pensaba que los años me reconciliarían con el mundo, pero últimamente me veo quijotescamente atrincherado tras las tapas de los libros, como en mi adolescencia. Los libros te dan la vida que te quitan y te roban tus congéneres. Mi misantropía es muy particular, porque no sé estar sin amigos, sin familia e incluso sin desconocidos. Pero al igual que hay un sentimiento que se llama "vergüenza ajena", que ya solo siento con Rajoy, existe otra cosa que podríamos denominar "tristeza ajena", que es una especie de tristeza producida por todo lo que te es ajeno, un territorio que cada día crece más y más. Ayer fue un día bueno: estuve en una playa fantástica y escondida con gente maravillosa, divertida, educada, relajada, habladora, animosa y nada aburrida. Pero eso fue ayer. Hoy se ha levantado un fresco que anuncia colapso. Un día ideal para que se propaguen las llamas del incendio. Un día perfecto para un auto de fe.

miércoles, 24 de junio de 2015

San Juan

Hoy, noche del solsticio de verano, pasando el Sol por el trópico de Cáncer, la noche más larga del año, he terminado de escribir un relato corto. Hacía años que no lo hacía.
Lo he titulado Estancias y es la reelaboración de los apuntes de un sueño que tuve la semana pasada, de algunos recuerdos de infancia y de una historia que me aconteció el pasado fin de semana.
Se acaba de apagar una vela que encendí esta noche, para ahuyentar lo viejo y cansino que hay en mí mismo.
La tromba de agua que ha caído esta tarde ha refrescado el ambiente.
Mañana volveré a leer el relato y trataré de limar el tono y el fraseo. El contenido quedará básicamente igual. Debo reconocer que estoy satisfecho; simplemente satisfecho, que ya es bastante.
Menos mal que estoy fumando R1.
Mañana, hoy, es miércoles. Un miércoles de verano.

martes, 23 de junio de 2015

Intimidad

Quizás, mi concepto de intimidad se parezca mucho a un cuadro que he visto esta mañana en la exposición sobre Zurbarán (Zurbarán: una nueva mirada) del Thyssen. Es obra de Juan de Zurbarán, hijo del gran Francisco, al que mató la peste cuando ésta asoló Sevilla en 1649.
Representa un bodegón, el fondo originalmente oscuro (aunque ya más aclarado por el embarrado reiterado de betunes, esmaltes y barnices). La perspectiva, como otras veces en los Zurbarán, es imperfecta, lo que hace que los objetos representados parezcan estar, de alguna manera, flotando sobre la mesa en que pretenden apoyarse. En el centro hay una cesta llena de frutas de verano: albaricoques, brevas y manzanas. El mimbre de la cesta está primorosamente "tejido" y apretado. Es un mimbre fino y elástico, de esos que permiten alechugar la cesta cuando está vacía. En primer término, hay unos albaricoques, y a la derecha unas granadas abiertas, de un rojo intenso y casi ponzoñoso. Las semillas se precipitan sobre la horizontalidad oscura del cuadro como un collar de rubíes calientes... Las hojas del grupo de granadas se retuercen, pasando del verde más tierno a uno más amarillento, ocupando caprichosamente el lado derecho del cuadro...
Sin embargo, es en el lado izquierdo donde está el objeto más fascinante: sobre un platillo de plata descansa un bernegal de porcelana pintada en un azul muy desvaído, con delicadas asas y un ondeado casi imposible que serpentea por toda la boca. Este cacharro está lleno de agua: un agua sombría, como la de las pilas bautismales que, sin embargo, dan ganas de acercarse al cuerpo, ya sea a los labios o a otra parte de la cara. En este objeto hay una intimidad inextricable, absoluta e indisoluble.

martes, 16 de junio de 2015

Quietud


La casa estaba en silencio y el mundo en calma.
El lector convirtióse en el libro; y la noche estival
Era como el ser consciente del libro.
La casa estaba en silencio y el mundo en calma.
Las palabras fueron dichas como si no hubiese libro,
fuera de que el lector inclinado sobre la página
deseaba inclinarse, deseaba ser
el erudito para el cual su libro es real, para el cual
la noche estival es como una perfección del pensamiento.
La casa estaba en silencio porque debía estarlo.
La quietud era parte del significado, parte de la mente:
el acceso a la perfección de la página.
Y el mundo estaba en calma. La verdad en un mundo en calma,
donde no existe otro significado, él mismo
es calma, él mismo es verano y noche, él mismo
es el lector inclinándose hasta tartrde y leyendo allí.
La casa estaba en silencio y el mundo en calma, Wallace Stevens


J., que venía de Azerbaiyán, ha estado quedándose en casa un par de noches y hoy por la mañana se ha vuelto a Jerez. He desayunado con él temprano y luego me he vuelto a acostar. A pesar de la mañana luminosa y fresca, una sombra se cierne sobre mi casa: la falta de trabajo. Contemplo atónito, desde hace años, la destrucción de mi silo laboral: l'acqua è alta. Y no sé qué hacer... Entiendo que soy una persona capaz, podría aprender rápido, casi cualquier cosa, pero estoy perdido a este respecto. Después de dieciséis años de encierro en casa, frente al ordenador, no sé cómo funcionan las relaciones laborales, no sé pedir trabajo, no sé cómo venderme... ¿por dónde empezar?, ¿qué hacer? Estas preguntas me torturan, porque no hay nada que me produzca más terror que el colapso material, la vida miserable, la falta de dinero, las deudas... Mme Bovary. 
Antes de echarme a dormir, mientras recogía los platos del desayuno, que estaban manchados caprichosamente de mermelada, me he acordado de Wallace Stevens. Su nombre ha llegado de manera clandestina, como un perfume olvidado. ¿A quién le importa ya Wallace Stevens? Luego he tenido un sueño extraño y divertido: vivía en una sauna mixta. Bueno, no sé si "en" o muy cerca. Mi casa era como un plató de cine o como la hilera de váteres de un servicio público: las paredes no llegaban al techo. La casa se me llenaba de extraños en toalla a los que debía echar, a pesar de sus súplicas y agasajos. Cuando me he despertado he pensado en ir al gimnasio, pero he desechado la idea y me he ido al médico de cabecera a por recetas: escitalopram y limovan. Ya apenas me quedaban existencias. Así también le pedía consejo sobre esta tos que me sacude desde hace un mes y sobre mi voz quebrada y casi afónica. Me ha auscultado para descartar infección pulmonar (tampoco tengo fiebre) y me ha mandado unos antibióticos. Debo reconocer que me encanta ir al médico.
El pasado domingo, R. nos invitó improvisadamente a su casa a cenar roasted turkey. Después de escuchar y diseccionar algunas canciones de Cristina Rosenvinge y de beber unos vinos, R., que estaba un poco enfadada por una historia sentimental (de esas que vuelven a modo de ecos afantasmados) y que, al calor del vino, estaba francamente muy divertida y perspicaz en su protesta, se puso a bailar Champions of red wine, de The new pornographers. Estaba descalza y con un precioso vestido ceñido color naranja, moviendo las piernas y la cabeza de forma muy sensual. Su perro se puso a ladrarle... quizás no entendía por qué su dueña se convulsionaba con los ojos semicerrados al son de aquella preciosa canción. Los domingos siempre caen los telones, con la fuerza del agua. Los animales no saben que es domingo.
Ayer leí en The Paris Review of Books una entrevista a Lydia Davis en la que el entrevistador le preguntaba, a colación del dilema que se plantea el protagonista de su cuento Glenn Gould, cómo ser egoísta sin hacer daño a nadie... "By never marrying, and living alone and having long conversations in the middle of the night with a friend. And by never seeing that person", respondía. Es decir, dejando la menor huella sentimental posible
El estupoer me vence estos días. Estoy siempre como a punto de desvanecerme, de caer sobre la cama o sobre el sofá, de apartar el teclado para echarme a dormir sobre la mesa con la cabeza entre los brazos. Luego me rescata un golpe de viento fresco. Es como un brazo que te ayuda a levantarte del suelo, como un brazo que te invita a bailar: bailo un poco con los brazos pegados al cuerpo. Luego fumo y trato de pensar sin conseguirlo...


  

jueves, 11 de junio de 2015

Rudas y pasivas

En semanas como esta de escaso trabajo y actividades gratuitas por la tarde-noche, siempre tengo la sensación de que estoy jubilado. Cosa que me encantaría, por supuesto. Allí me veréis, en mitad de un océano de canas blancas y permanentes. Esta tarde voy al teatro, a la sala pequeña del Español, a ver la adaptación de El año del pensamiento mágico, de Joan Didion.
Hace un rato he enviado varios CV; también a Naciones Unidas en Ginebra, donde existe una vacante de revisor de español que ha salido a examen. Ya me conozco el final de estas solicitudes: es como tirar al mar un mensaje en una botella.
Ha llovido a raudales: ahora la calle está silenciosa como un palacio después de un baile de gala. Me gusta esta lluvia estruendosa del verano, que golpea y hunde los toldos de las tiendas y los bares, repiquetea sobre los veladores y luego fluye hacia las alcantarillas formando regueros aleatoriamente. Refresca la temperatura pero te permite observarla (el segundo plano como si estuviera detrás de una fina malla metálica) con las piernas al aire y en camiseta.
El otro día, en Mondo, un chico muy mono se nos acercó y estuvo bailando con nosotros toda la noche. Se llamaba Pablo y tenía la mirada atormentada de los santurrones de Zurbarán o Ribera, aunque su iris azulado y la tupida barba rubiasca recordaban a los conquistadores de América (era fácil imaginarlo con un casco de los de entonces, abollado, apostado sobre una roca, ante el ramal de un río caudaloso, bajo una vegetación exasperante que impide pasar la luz del sol): su ausencia de pasado daba lugar a un futuro peligroso y prometedor, localizado también en la comisura de los labios, que es hacia donde toda esta proyección se reducía y concentraba. Le espeté: ¿cómo te gustan los hombres? Y me dijo: rudos y pasivos (qué gran título para una nouvelle, n'est-ce pas?).
Por suerte estos microenamoramientos duran lo que una cabezada, un capricho, un acceso de locura. Luego ves el comportamiento prolongado de algunos de estos microenamoramientos, en cenas o reuniones pasados algunos meses y te dices: "menos mal que me aparté de este cáliz".
En la plaza Matute hay en un portal un azulejo que reza: "Cristo, aparta de mí todo lo que me aleja de ti".
Vivo en un mundo perezoso e indolente, que se levanta y se acuesta sin hacer la cama.
Me encuentro con este poema mío, escrito hace unos años:
Si te levantas de la siesta como expulsado de una densa nube de polvo,
si hay un aire de rémora a tu alrededor (y tras la ventana),
que todo lo embarga y desordena;
si la identidad de las cosas está perfectamente partida
como el embozo de una cama de hotel,
y todo tiene el aspecto de un ennegrecido cuadro mitológico marino
(de alguna escuela de tercera o cuarta fila),
si intuyes que los bellos compases del rondó
se tocaron minutos antes en una habitación contigua a ésta,
quizás haya llegado el momento de hacer una profunda reverencia
a ese dios descarnado de lo desconocido
que te ha abierto la verja herrumbrosa de su jardín secreto.
El otro día te habló con los ojos inyectados de vida concentrada,
con toda su antigüedad y apenas treinta años,
en un formato ahorro como de lengua muerta,
y una cortina de opacidad lluviosa al fondo.
Tú no entendiste nada...
aunque quedaste harto tocado, profundamente emocionado, despierto para siempre.
Ese dios te ha hecho una revelación afortunada
que todavía no puedes apreciar.
Crees que ha venido a contarte una historia de corazones y cartas bajo tierra,
a anunciarte la próxima llegada de ese ángel de plumas empalagosas
con los pies tiznados de hollín...
pero estás equivocado.
Ese dios está en ti,
en la distancia prudente que guardas al acercarte a los espejos,
al asomarte a los acantilados de las estampas de Friedrich.
En el tormento leve que te devuelven las fotografías,
agazapado entre tus manos y los que siguen siendo tus dedos,
y la tapa del librito azul que descansa en tu mesilla.
Allí está con su cara de dios satírico pero hermoso,
descubriendo que el tiempo se cuelga pero pasa,
advirtiéndote, con su inflexión tonante,
de ese miedo ancestral a dormir en alcobas con dos camas gemelas
y deshacer sólo una.
¿Es un poema de tipo dios-deseante? ¿O de tipo dios-deseado? Me decanto más por la primera opción.
Una consigna: no os refugiéis en el amor como última y desesperada forma de heroísmo. Haced el amor al tiempo que la guerra. Dejad a vuestros novios y mujeres, a vuestros amantes, a vuestros hijos e hijas, y ¡EMPUÑAD LAS ARMAS! Doblar la cabeza, levantar una ceja y esbozar media sonrisa: cómo cuando descubres un detalle. Así te gustaría posar para un retrato. De cuerpo entero. A tus pies, dos calcetines tirados y deformes, uno de ellos saliéndose del marco, como condones usados.

Las nubes de Sils Maria

Existe un fenómeno natural, en los Alpes, conocido como Majola Snake, la serpiente de Majola. Se trata de un banco de nubes que, procedente del Adriático, se condensa al llegar a las montañas y se desliza por debajo de sus cumbres como si fuera una serpiente. Los lugareños lo consideran augurio de mal tiempo, de cambio de estación. En 1924 - año, curiosamente, de publicación de La montaña Mágica, Arnold Fanck lo filmó y nos dejó sus imágenes en blanco y negro para la posteridad. Es la película dentro de la película que encontramos en The clouds of Sils Maria (El viaje a Sils Maria), la última película de Olivier Assayas, que hoy he ido a ver al cine.
Majola Snake es también el título de la pieza de teatro que catapultó la carrera, cuando era joven y desconocida, de la protagonista del film, Maria Enders (Juliette Binoche). La obra relata la historia de dos mujeres: una joven y trepa secretaria (Sigrid) que seduce a su patrona (Helena), una mujer de éxito, ya madura, que desarmada y en busca de ruina (la ruina es la expresión final de lo prodigioso), reconoce en Sigrid a su perfecta arma cargada y sucumbe ante ella a modo de expiación, de último gran gesto vital y romántico. El autor de la obra, que vive retirado en Sils Maria, muere justo cuando Maria llega a Suiza para recoger en su nombre un premio honorífico a su carrera. Es entonces cuando un director teatral en boga le propone representar de nuevo la obra, pero esta vez en el papel de Helena. Maria, que está en pleno "cambio de estación" y padece una gran crisis como mujer y como actriz, decide aceptar el desafío, pese a sus muchas reticencias, y se retira unos meses a Sils María, el refugio de su amigo el escritor fallecido, para preparar el personaje junto a su ayudante y coach (Kristen Stewart). Maria parece seguir entendiendo mejor la juventud y el arrojo de Sigrid al tiempo que detesta el personaje de Helena, que le parece patético e increíble, una mártir trasnochada, y que, además de colocarla frente a un espejo poco halagüeño, en un acceso de superstición, le recuerda a la actriz que lo interpretó cuando ella era joven, muerta en un fatal accidente de tráfico un año después de finalizar la obra. Maria está en pleno divorcio, su amigo y mentor acaba de morir y su juventud se escurre a la velocidad de un cubito de hielo que apretamos con fuerza en la mano en pleno verano. Maria se siente vulnerable y desconcertada por la elección de Jo-Ann, la actriz que hará de Sigrid, todo un filón comercial, una veinteañera que hace de superheroína en blockbusters de Hollywood y que casi es más conocida por sus escándalos en TMZ y en las redes sociales que por su trayectoria profesional. Durante los diálogos que Maria tiene con su assistant (que también le da la réplica en las lecturas de la obra), esta, una chica joven y estadounidense (Kristen Stewart) defiende la honestidad de la niñata, su versatilidad como actriz, y sirve continuamente de contrapunto reflexivo a Maria en sus continuas dudas sobre el personaje de Helena, el de Sigrid, el paso del tiempo, la interpretación, los nuevos tiempos, la cultura del espectáculo y el espectáculo de la cultura, la fama viral, Internet, Google, Hollywood, el cine de autor, la vejez y la juventud, la crueldad y el sacrificio, la inocencia y la iniciación... 
Esta segunda parte en Sils Maria, que ocupa casi todo el grueso de la película y que, en un principio, parece remitir a Eva al desnudo (Mankiewicz), pasa a convertirse en un episodio de vampirización parecido al de Persona (Bergman) hasta terminar con una despararición similar a la de La aventura (Antonioni). El epílogo en Londres, que es donde por fin se está representando la obra de teatro, resulta especialmente esclarecedor con los personajes, y más en concreto con el de Maria, que parece haber aceptado no solo el papel de Helena sino su propia extinción como actriz mediática. Aunque casi al final de la película hay un wishful thinking, personificado en el director debutante de ciencia ficción al que parece no interesarle la celebrity joven de su generación y le propone un papel de mutante a una incrédula Maria, el último plano es un precioso fundido gradual de la cara de Binoche, justo antes del ensayo general de la obra.
The clouds of Sils Maria, una superproducción a la europea, con reparto internacional y rodada en inglés, es enormemente metadiscursiva, a la manera de Birdman, con una Kristen Stewart justificándose a sí misma como actriz, y una Binoche sublime (posiblemente una de las mejores actrices del mundo: toda ella contagia) haciendo de sí misma; sin embargo, a diferencia de Birdman, es menos efectista: los fundidos en negro que separan una escena de otra son como la vida misma, cuestiones abiertas, a veces sin respuesta, como los días que pasan, como las estaciones, hilos de diálogo que se abren y se cierran abruptamente, porque alguien tiene hambre, se duerme o se enfada. O simplemente porque es incapaz de llegar más lejos en su reflexión. O porque hace un chiste. O estalla. Una condensación de nubes serpenteantes y gaseosas que, bajo las firmes cimas de los Alpes, corazón de la Vieja Europa, escenario de los paseos en esquí de Hans Castorp y refugio del gran Nietszche, nos hacen recordar la cita de Baltasar Gracián dentro de la peli: "destacar y saber cómo mostrarlo, es destacar dos veces".

sábado, 6 de junio de 2015

Je regarde, donc je suis

He dado un largo paseo y luego he nadado en la piscina, que estaba muy tranquila a las tres de la tarde.
Cuando pienso en dejar de fumar, algo que debo hacer con urgencia, me cabreo. Me recuerda que envejezco. Quiero fumar (vivir) eternamente.
¿Nostradamus? te preguntas mientras ves tu reflejo con la gorra naranja en algunos escaparates en los que el sol directo y la sombra de los árboles producen un efecto de muebles quemados, objetos indefinibles de pintura de Bruegel y columnas de humo en lontananza. Los bancos están cerrados hoy sábado.
Observo las coronaciones de los edificios nobles de Chamberí, los árboles titilando en derredor, como campanillas de esas que se colgaban antiguamente en las entradas de las casas.